Fiestas

 

Fiestas patronales (27 al 31 de Agosto)

 
Se celebran nuestras fiestas mayores en el mes de agosto, coincidiendo con la llevada del Cristo desde nuestro pueblo a su santuario en la aldea de El Sahúco.

Pero es antes, en la segunda quincena del mes, cuando el pueblo empieza a
“oler” a fiestas. Regresan las familias que viven fuera del pueblo durante el año, se reciben las visitas de familiares y amigos con el consiguiente aumento en el número de habitantes que le da una inyección de vida al pueblo. Es durante estos días cuando los jóvenes, y los no tan jóvenes, comienzan a buscar local o a limpiar los de otros años, para preparar sus peñas, verdadero motor de nuestras fiestas.

Es de destacar el gran número de las mismas que hay en nuestro pueblo y que son, sin lugar a dudas, el mejor símbolo de hospitalidad y acogida que el pueblo ofrece a sus visitantes en sus fiestas.

Durante estos días se celebra también la Semana Cultural con teatro, danzas regionales e internacionales, cine, música, etc, que componen las veladas veraniegas y reúnen a todos los peñeros y peñeras en torno a dichas actividades.

La tarde del 27 se inician verdaderamente las fiestas con una cabalgata de charangas y carrozas diseñadas y elaboradas por las peñas, todo un desfile de alegría y buen humor. Pistoletazo de salida para unos días que se vivirán en la calle con incesantes actividades entre las que destacan los encierros de los novillos que se lidiarán por la tarde, de gran popularidad en toda la comarca, sobre todo, por la envergadura de los animales y por el recorrido muy atrayente para quienes pretenden hacerlo corriendo delante de los novillos.

Otra particularidad de nuestras fiestas es la gratuidad de todos los festejos, lo que supone que tanto las corridas de toros como las verbenas, tengan una masiva asistencia de público.

Los escenarios para estos dos festejos son también algo que diferencia las fiestas de Peñas de las de otros pueblos.

Junto a todo esto sobresalen algunos actos típicos y de sabor popular como el pregón de fiestas desde el balcón del ayuntamiento, la coronación de la reina y su corte, los juegos infantiles, los concursos de todo tipo, la ofrenda de flores al Cristo y sobre todo el castillo de fuegos artificiales, grandioso y espectacular, regalo de todos los peñeros y peñeras al Cristo del Sahúco.

 

Traída del Cristo

El lunes de Pentecostés es una referencia festiva para todos los peñeros, es la fecha en la que se celebran las fiestas menores, aunque no por ello menos importantes. Ese día Peñas de San Pedro se engalana para dar la bienvenida al Cristo del Sahúco que nos acompañará durante los meses de verano.

Durante el fin de semana previo se celebran varios actos festivos y culturales, a la vez que las “peñas” se reúnen en sus respectivos locales para compartir una comida armoniosa y una charla gratificante que rompe la monotonía diaria.

Llegado el lunes, día grande de estas fiestas menores, los andarines realizan todos los preparativos para ir al Sahúco y “traer al Santo”. Los peñeros y visitantes se dan cita en la Cruz para recibir al Cristo, un acto sencillo que señala el fin de fiestas.

Entre todas las tradiciones relacionadas con nuestro pueblo, destaca una que se ha mantenido firme en el transcurrir de los tiempos: traída y llevada del Cristo del Sahúco. Su singularidad es tal que no tiene parangón con ninguna otra tradición conocida.

Su plasticidad y belleza tan atrayentes, que mereció, incluso, ser plasmada en el celuloide, como se pudo ver años atrás en la película “España Insólita”. Su pervivencia a lo largo de los años se ha sustentado en la devoción de los hijos de Peñas y de otros muchos pueblos a la imagen del Cristo del Sahúco, una devoción que se ha transmitido de padres a hijos.

Tarde de un lunes de Pentecostés. Una multitud, alegre y bulliciosa, pero recatada, espera en la explanada de la iglesia del Sahúco el comienzo de la procesión con su Cristo hacia la Cruz Chica. En el interior de la iglesia se inicia la procesión: primero, el Cristo es sacado a hombros por hombres del pueblo; después la imagen de la Dolorosa saldrá a hombros de mujeres siguiendo los pasos del Cristo para despedirle del viaje que iniciará minutos más tarde hasta la iglesia de Peñas de San Pedro, donde una gran muchedumbre de fieles espera su llegada a la caída de la tarde.

La procesión transcurre entre vítores constantes al Cristo y a su Madre. Un buen observador distinguirá entre el gentío los atuendos blancos y las fajas de colores de los “andarines”, quienes trasladarán la imagen del Cristo en una carrera de catorce km desde su santuario hasta las Peñas.

Su vestimenta se compone de zapatillas deportivas, sustitutas de aquellas
de suela de esparto de tiempos atrás, pantalón blanco que sustituye a los antiguos “calzoncillos pulgueros”, y camisa blanca, sujetos por fajas multicolores (rojas, azules, negras…) sobre las cuales se aprieta un gran cinturón de cuero que protegerá los riñones durante la carrera. Algunos corredores intercalan entre el cinturón y el cuerpo pequeños trozos de teja para evitar el “mal de ijá”.

En la cabeza llevan pañuelos anudados para evitar que el sudor resbale sobre los ojos y la cara. Muchos de ellos llevan sujetos con el pañuelo tallitos de alhábega u otras hierbas olorosas. La figura del “Santero” destaca por su importancia entre todos los corredores. Tiene como misión ordenar, vigilar y dirigir la marcha de la carrera hasta llegar a su destino. Él numerará las parejas, como se designa al grupo de cuatro andarines de cada relevo, y ordenará las “uncías” (relevos) en el transcurso de la marcha y dará, si es posible, solución a cualquier problema que surja.

En la Cruz Chica la Dolorosa despide a su Hijo con un abrazo a los acordes del himno nacional. Después, el Cristo es depositado en su caja en forma de cruz y alzado a hombros por la primera pareja nombrada por el Santero. Se inicia la carrera entre aplausos de la multitud y los tradicionales vítores de ánimo a los andarines:

—¡Viva el Santísimo Cristo del Sahúco!
—¡Vivaaa!
—¡Viva su Santísima Madre!
—¡Vivaaa!
Y la voz del Santero, grave y ronca:
—¡Palmas gandules!

 

 

 

 

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